Citas mundodisco: saga “Dioses Menores”
Pirómides: “—Cuando un joven se dispone a aventurarse en el mundo hay… —Su Majestad vaciló—. Hay… Eh… Bueno, ese joven debe recordar que… Lo importante es que el mundo es muy grande, y que tiene toda clase de… Y, naturalmente, eso resulta especialmente importante en la ciudad, donde hay muchos… eh… adicionales que… Se quedó callado y movió una mano de un lado a otro como si hubiese olvidado lo que quería decir. Teppic cogió la mano que oscilaba delante de él y la apretó suavemente. —No te preocupes, padre —dijo—. El gran sacerdote… Dios me ha explicado todo lo que he de saber para no quedarme ciego, y también me ha dicho que debo bañarme con regularidad.” “Es un hecho bien sabido que cuando estás a punto de morir tus sentidos adquieren una agudeza increíble, y siempre se ha creído que esa agudización de los sentidos tiene como objetivo permitir que su poseedor detecte cualquier posible salida a su apurada situación actual que no sea la obvia de morirse.” “El valle del Djel tenía sus propios dioses y éstos no tenían nada que ver con los dioses del mundo exterior, cosa de la que el valle del Djel siempre se había sentido especialmente orgulloso. Los dioses eran justos y sabios y gobernaban las vidas de los hombres con gran prudencia y mesura, eso estaba clarísimo, pero aún así quedaban algunos puntos oscuros. Por ejemplo, Teppic sabía que su padre hacía salir el sol, se encargaba de que el río inundara el valle cuando debía hacerlo y ese tipo de cosas. Era algo tan básico que hasta un niño de pecho estaba al corriente de ello. Los faraones habían hecho salir el sol desde los tiempos de Khuft, y había que ser realmente muy idiota para ponerlo en tela de juicio. Pero Teppic no tenía muy claro si su padre hacía salir el sol únicamente en el Valle o en todo el mundo. Que hiciera salir el sol únicamente en el Valle parecía una proposición bastante más razonable —sobre todo teniendo en cuenta que a cada día que pasaba su padre era un día más viejo y no más joven—, pero resultaba bastante difícil imaginar al sol saliendo en todas partes excepto en el Valle, y si seguías esa cadena de razonamientos acababas obteniendo una idea tan inquietante como la de que el sol saldría incluso si su padre sufría un despiste, una eventualidad que parecía bastante probable dado lo distraído que se estaba volviendo últimamente. Y, después de todo, Teppic tenía que admitir que nunca había visto que su padre hiciera nada de particular en lo tocante al sol. Lo mínimo que podías esperar era un gruñido de esfuerzo al amanecer, ¿no? Su padre nunca se levantaba hasta después de la hora de desayunar, y a pesar de eso el sol salía como si tal cosa.” “La cultura del reino del río tenía muchas cosas que decir sobre la muerte y lo que ocurría después. En cuanto a la vida, tenía muy poco que decir sobre ella y se limitaba a considerarla como una especie de preludio bastante incómodo al acontecimiento principal que debía ser soportado sin perder la compostura con la esperanza de que transcurriría lo más deprisa posible, y el faraón no necesitó mucho tiempo para llegar a la conclusión de que había muerto. Naturalmente, la visión de su cuerpo destrozado yaciendo sobre la arena era una pista de primera categoría.” “Dios, Primer Ministro y gran sacerdote entre los grandes sacerdotes, no era un hombre religioso por naturaleza. La religiosidad podía tener efectos tan nocivos como afectar tu capacidad de juicio y volverte un poquito inestable, y no resultaba una cualidad deseable en un gran sacerdote. Bastaba con que empezaras a creer en ese tipo de cosas para que todo el asunto se convirtiese en una farsa. Naturalmente Dios no tenía nada en contra de la fe. La gente necesitaba creer en dioses aunque sólo fuese por lo difícil que resultaba creer en las personas. Los dioses eran necesarios. Dios se limitaba a exigir que no le estorbaran y que le dejaran en paz para que pudiera desempeñar sus funciones sin interferencias. El que tuviera el aspecto ideal para su oficio era una suerte, claro está. Si tus genes han decidido proporcionarte una estatura imponente, una calva que deslumbra y una nariz tan afilada que podrías tallar rocas con ella probablemente es porque tenían una idea muy concreta en mente para empezar. Dios sentía una desconfianza instintiva hacia las personas propensas al entusiasmo religioso. Siempre había pensado que quienes sentían una inclinación natural hacia la religiosidad eran personas inestables con una molesta tendencia a los vagabundeos por el desierto y las revelaciones. Como si los dioses pudieran rebajarse hasta tales extremos y perder el tiempo con semejantes tonterías… Ah, y lo peor era que esa clase de personas nunca conseguían resultados tangibles. Empezaban a pensar qué rituales carecían de importancia. Empezaban a pensar que podías hablar con los dioses sin necesidad de intermediarios. Dios sabía que las divinidades de Djelibeibi disfrutaban del ritual tanto como las de cualquier otra tierra, y lo sabía con esa clase de certidumbre tan rígida e inflexible que se la puede utilizar como eje para hacer girar el mundo a su alrededor. Después de todo, ser una divinidad y estar en contra de los rituales venía a resultar el equivalente de ser un pez y estar en contra del agua.” “—No puedo hacer nada. Está muerto. Todos los análisis y pruebas que le he hecho lo confirman. Por lo tanto… Eh… Entiérrenle, manténganle cómodo en un sitio lo más fresco posible y vengan a verme la semana próxima para informarme de cómo va evolucionando la cosa. De día, a ser posible. —¡Pero si aún respira! —Oh, no es más que una acción refleja —replicó el médico sin darle importancia—. Los profanos casi siempre se dejan engañar por este tipo de cosas, ¿saben? Broncalo suspiró. Sospechaba que el Gremio —que, después de todo, poseía una experiencia inigualable en el manejo de cuchillos afilados y complicadas mezclas de sustancias orgánicas—, estaba en condiciones de emitir diagnósticos elementales mucho más fiables que los de los médicos. El Gremio quizá matara a las personas, pero por los menos no esperaba que se lo agradecieran. Teppic abrió los ojos. —He de volver a casa —dijo. —Conque está muerto, ¿eh? —exclamó Broncalo. La reacción del médico dejó bien claro que era un soberbio representante de la profesión médica y que su colegio profesional jamás tendría que avergonzarse de él. —No es nada raro que un cadáver emita ruidos extraños después de la muerte —replicó valerosamente—. Esos sonidos pueden poner nerviosos a los parientes y… Teppic se irguió de golpe. —Y en ciertas circunstancias los espasmos musculares pueden hacer que el cadáver… —empezó a decir el médico, pero incluso él se estaba dando cuenta de que aquello no le llevaría a ninguna parte. Entonces tuvo una idea—. Es una enfermedad muy rara y misteriosa, y en estos momentos se están produciendo un gran número de casos —dijo—. Es causada por un… un… algo tan pequeño que no hay forma alguna de detectarlo —concluyó felicitándose a sí mismo con una sonrisa. No estaba nada mal, desde luego. Tendría que recordarlo en el futuro. —Muchísimas gracias —dijo Broncalo abriendo la puerta y empujándole hacia el umbral—. No se preocupe, y tenga la seguridad de que le llamaremos la próxima vez que nos sintamos realmente bien.” “—He venido a rescatarte —dijo el demonio. El hombre alzó la mirada hacia él. —¿Rescatarme? —preguntó. —Sí. ¿Por qué estás aquí? El hombre inclinó la cabeza. —Estoy aquí porque blasfemé contra el faraón. —¿De qué manera? —Llevaba una roca en la mano y se me cayó encima del pie. Van a arrancarme la lengua como castigo. La sombra asintió con la cabeza dando a entender que ya se imaginaba el resto. —Y un sacerdote te oyó, ¿verdad? —preguntó. —No. Yo se lo conté. Palabras como las que pronuncié no pueden quedar sin castigo —dijo el hombre en un tono tan reverente que hasta el mismo Dios lo habría aprobado. «No cabe duda de que poseemos un auténtico talento natural para esta clase de cosas —pensó Teppic—. Unos simples animales jamás podrían comportarse de esta manera. Ser realmente estúpido es algo que sólo está al alcance de un ser humano». —Tengo la impresión de que deberíamos discutir esto fuera de la celda —dijo—. ¿Por qué no vienes conmigo? El hombre se echó hacia atrás y clavó la mirada en su rostro. —¿Quieres que me escape? —preguntó. —Dada tu situación actual me parece que es una buena idea, ¿no crees? El hombre le miró a los ojos durante unos segundos mientras sus labios se movían sin emitir ningún sonido. Después pareció tomar una decisión. —¡Guardias! —gritó. El grito del prisionero creó un sinfín de ecos que resonaron por todo el palacio dormido. Su aspirante a salvador le contempló con incredulidad. —Locos —dijo Teppic—. Estáis todos locos.” “No hay nada místico en el poder de las pirámides. Las pirámides son como presas que se alzan en la corriente del tiempo. Si tienen la forma y la orientación correctas y se les han incorporado las medidas paracósmicas adecuadas el potencial temporal de la gran masa de piedra puede ser utilizado para acelerar o invertir el tiempo en un área muy pequeña, de la misma forma que una turbina hidráulica puede ser utilizada para bombear agua en contra del curso de la corriente. Los primeros constructores de pirámides —que, naturalmente, vivieron en la más lejana antigüedad y por lo tanto eran sapientísimos—, estaban al corriente de todo esto y el objetivo de una pirámide correctamente construida era conseguir una zona de tiempo cero en la cámara central para que un rey agonizante encerrado en ella viviera eternamente… o, por lo menos, para que no llegase a morir nunca. El tiempo que tendría que haber transcurrido en la cámara iba siendo almacenado en la estructura de la pirámide, y se permitía que fuera disipándose en forma de resplandores una vez cada veinticuatro horas. Pasados unos cuantos eones la gente olvidó todo esto y pensó que podías conseguir el mismo efecto mediante a) los rituales b) poner en salmuera a las personas y c) guardar sus órganos internos más blandos y queridos dentro de recipientes. Dicho procedimiento rara vez funciona. Y el arte de construir pirámides cuidadosamente medidas y sintonizadas con las energías paracósmicas se perdió, y todo el conocimiento se convirtió en un puñado de reglas mal entendidas y recuerdos confusos. Los antiguos eran muy sabios, y jamás se les habría ocurrido construir pirámides de gran tamaño. Una pirámide muy grande podía hacer que ocurrieran cosas muy extrañas, cosas tan extrañas que comparadas con ellas las meras fluctuaciones temporales parecerían francamente insignificantes. Por cierto, y en contra de lo que cree la opinión popular, las pirámides no son capaces de conseguir que una cuchilla de afeitar recobre el filo perdido. Lo único que hacen es transportarla hacia atrás en el tiempo hasta un momento en el que aún estaba afilada. Es muy probable que se trate de algo cuántico.” “El camello comprendía perfectamente todo lo que estaba ocurriendo. Tres estómagos y un sistema digestivo que no tiene nada que envidiar a una destilería industrial te proporcionan mucho tiempo para no hacer nada y pensar. No es casualidad que las matemáticas más avanzadas suelan inventarse en los países cálidos. Eso se debe a la resonancia mórfica de todos los camellos, quienes poseen esa expresión desdeñosa que los ha hecho tan famosos como resultado natural de una increíble habilidad para plantear y resolver ecuaciones cuadráticas. Casi nadie es consciente de que los camellos tienen una aptitud natural para las matemáticas avanzadas, especialmente en todas las facetas de éstas relacionadas con la balística. La evolución les hizo adquirir esa aptitud porque aumentaba considerablemente las posibilidades de sobrevivir. Otros ejemplos de rasgos útiles para la supervivencia son la coordinación entre la mano y el ojo de los seres humanos, el camuflaje de los camaleones y la famosa habilidad para salvar marineros a punto de ahogarse de que dan muestra los delfines cuando existe el más mínimo riesgo de que otros seres humanos se encuentren lo bastante cerca para ver lo que realmente les gustaría hacer —normalmente partirlos en dos de un mordisco—, con los comentarios desfavorables y la lógica hostilidad posterior que provocaría ese tipo de comportamiento. La verdad es que los camellos son mucho más inteligentes que los delfines.[19] Su inteligencia es tan superior a la de estos que no tardaron en comprender que lo más prudente que puede hacer un animal si no quiere que sus descendientes pasen mucho tiempo encima de una losa con electrodos metidos en el cerebro, colocando minas en el casco de algún barco o siendo tratados con espantosa condescendencia por manadas de zoólogos es asegurarse de que los malditos humanos no averigüen lo inteligentes que son. Así pues, los camellos decidieron ya hace mucho tiempo adoptar un estilo de vida que les garantizaba alimentación y cuidados adecuados y la posibilidad de escupir en el ojo a un humano y salir bien librados a cambio de que aguantaran llevar cargas de un lado a otro y se dejaran pinchar con objetos punzantes. Y aquel camello en particular —el resultado de millones de años de evolución selectiva orientada a producir una criatura que pudiese contar los granos de arena sobre los que caminaba, tensar los músculos de sus fosas nasales cerrándolas a voluntad y sobrevivir bajo el sol abrasador sin beber agua durante muchos días—, se llamaba Maldito Bastardo. Y, de hecho, era el matemático más genial de todo el Mundodisco.” “—¿Cómo es Efebas? —preguntó Ptraci. —Nunca he estado allí. Tengo entendido que está gobernada por un Tirano. —Bueno, entonces espero que no lleguemos a conocerle. Teppic meneó la cabeza. —No se trata de esa clase de Tirano —le explicó—. Cambian de Tirano cada cinco años y antes tienen que hacer algo con él. —Intentó dar con la palabra adecuada—. Creo que le alijan. —Eso es lo que hacen con los gatos, los toros y otros bichos, ¿verdad? —Eh… —Ya sabes a qué me refiero. Sirve para que pierdan las ganas de pelear y se vuelvan más cariñosos. Teppic torció el gesto. —Si he de serte sincero la verdad es que no estoy muy seguro —dijo—, pero no creo que se trate de eso. Lo hacen con una especie de herramienta especial o algo así… Creo que se llama mocracia, y eso quiere decir que todas las personas del país pueden decir quién creen que ha de ser el nuevo Tirano. Un hombre, un… —Hizo una pausa. Las clases de historia política a las que había asistido parecían muy lejanas en el tiempo, y aparte de eso le habían expuesto a conceptos que resultaban tan nuevos como inauditos para alguien nacido en Djelibeibi y, pensándolo bien, incluso para alguien nacido en la misma Ankh-Morpork. Aun así Teppic decidió intentarlo—. Un hombre, un veto. —Y eso sirve para el alijamiento, ¿no? Teppic se encogió de hombros. Quizá sí, y quizá no. La verdad es que no tenía ni idea. —Lo importante es que todo el mundo puede hacerlo. Están muy orgullosos de ello. Todo el mundo tiene… —volvió a vacilar. A esas alturas ya estaba bastante seguro de que se había hecho un lío—, tiene el veto. Salvo las mujeres, naturalmente. Y los niños. Y los criminales. Y los esclavos. Y los idiotas de nacimiento. Y los extranjeros. Y la gente que está mal vista por… eh… varias razones. Y montones de personas más. Pero aparte de esa gente todo el mundo tiene su veto. Es una civilización muy ilustrada. Ptraci pareció meditar en lo que acababa de explicarle. —Y a eso se le llama mocracia, ¿verdad? —Bueno, ellos fueron los que la inventaron, ¿sabes? —respondió Teppic con la vaga sensación de que estaba obligado a defenderla. —Apuesto a que han tenido graves problemas para exportarla —dijo Ptraci con firmeza.” “Ptraci no sólo hacía descarrilar el tren de tus pensamientos, sino que arrancaba los rieles, quemaba las estaciones y derretía los puentes para venderlos como chatarra metálica.” “El problema con los dioses es que en cuanto un número suficiente de personas empieza a creer en ellos tienen la molesta costumbre de hacerse reales, y lo que empieza a existir en ese momento no es lo que se había pretendido originalmente.” “Y la Gran Pirámide que ocupaba el centro de aquella tormenta de fuego pareció moverse unos centímetros hacia arriba flotando sobre un haz de incandescencia, y dio un giro de noventa grados. Es prácticamente seguro que se trató del tipo de ilusión óptica muy especial y poco frecuente que puede producirse incluso cuando no hay nadie presente para observarla. Y después estalló con engañosa lentitud y más que considerable dignidad. La palabra «estallar» casi resulta demasiado vulgar y poco precisa. Lo que hizo exactamente la Gran Pirámide fue esto: se disgregó convirtiéndose en un montón de masas de piedra tan grandes como edificios, que flotaron alejándose lentamente unas de otras en un tranquilo planear que las fue dispersando sobre la necrópolis. Unas cuantas chocaron con otras pirámides y les causaron graves daños de una forma que sólo puede definirse como entre perezosa y distraída, y rebotaron en el más absoluto silencio para seguir moviéndose cada vez más despacio hasta que acabaron deteniéndose detrás de una montaña de cascotes. El retumbar no llegó hasta ese momento, y siguió durante un período de tiempo francamente largo.” “Vio a un dedo que escribía en la cara de una pirámide: Seguir adelante es fácil. Volver atrás exige (continua en la cara siguiente…). Tcaminó alrededor de la pirámide y vio que el dedo seguía escribiendo. Un esfuerzo de voluntad, porque resulta mucho más difícil. Gracias por su atención. Teppic pensó en las palabras que acababa de leer y se dio cuenta de que aún le quedaba una cosa por hacer. Antes nunca había tenido ni idea de cómo podía hacerse, pero ahora se daba cuenta de que todo consistía en números colocados de una forma especial. Todo lo mágico no era más que una forma de describir el mundo en las palabras de un lenguaje que éste no podía ignorar.” Dioses menores: “En el mundo hay billones de dioses. Hay más dioses que mosquitos en un pantano. La inmensa mayoría de ellos son demasiado pequeños para verlos y nunca llegan a ser adorados, al menos por nada más grande que las bacterias, las cuales nunca dicen sus oraciones y no son lo que se dice demasiado exigentes en cuestión de milagros. Son los dioses menores, los espíritus de los lugares donde se cruzan los caminos de dos hormigas, los dioses de los microclimas que hay entre las raíces de las hierbas. Y la mayor parte de ellos se quedan así. Porque les falta fe. Un puñado de ellos, no obstante, terminan subiendo de categoría. El cambio puede ser provocado por cualquier cosa. Un pastor busca a una oveja perdida, la encuentra entre los zarzales y dedica un par de minutos a levantar un montoncito de piedras en señal de agradecimiento general a cualquier espíritu que pueda haber por ahí. O un árbol de forma peculiar llega a ser asociado con una cura para la enfermedad. O alguien talla una espiral encima de una piedra solitaria. Porque lo que necesitan los dioses es que crean en ellos, y lo que quieren los humanos es dioses. La cosa suele detenerse ahí. Pero a veces va más lejos. Más rocas son añadidas, más piedras son levantadas, un templo es edificado allí donde antes se alzaba el árbol. El dios se vuelve más fuerte y la fe de sus adoradores lo impulsa hacia arriba como mil toneladas de combustible para cohetes. Para unos cuantos, el cielo es el límite. Y a veces ni siquiera eso.” “El miedo es una tierra extraña. Básicamente produce obediencia igual que el trigo, que crece en hileras y de esa manera facilita arrancar las malas hierbas. Pero a veces produce las patatas del desafío, las cuales florecen en el subsuelo.” “Es un hecho generalmente conocido por todos que nueve décimas partes del cerebro no se utilizan y, como la mayoría de los hechos generalmente conocidos por todos, también es falso. Ni siquiera el Creador más estúpido se tomaría la molestia de hacer que la cabeza humana fuese por el mundo cargando con un par de kilos de gelatina grisácea innecesaria si el único propósito real de dicha gelatina fuese, por ejemplo, servir de exquisitez gastronómica a ciertas tribus remotas que viven en valles todavía no explorados. Esas nueve décimas partes del cerebro sí que son utilizadas. Y una de sus funciones es hacer que lo milagroso parezca corriente y convertir lo desusado en usual. Porque si no fuera así, entonces los seres humanos, enfrentados a la diaria prodigiosidad de todo, irían por ahí luciendo enormes sonrisas de imbecilidad similares a las que lucen los nativos de ciertas tribus remotas cuando las autoridades llevan a cabo una de sus incursiones ocasionales e inspeccionan el contenido de sus invernaderos de plástico verde. Siempre estarían diciendo «¡Ostras!». Y nadie trabajaría mucho. A los dioses no les gusta que las personas no trabajen mucho. Las personas que no están ocupadas continuamente pueden empezar a pensar. Una parte del cerebro existe para evitar que esto ocurra. Es muy eficiente. Puede hacer que una persona experimente aburrimiento en mitad de auténticas maravillas.” “—¿Qué es un filósofo? —preguntó Brutha. —Alguien lo bastante listo para buscarse un trabajo en el que no hay que levantar objetos pesados —dijo una voz dentro de su cabeza. —Un infiel en busca del justo destino que recibirá con toda certeza —dijo Vorbis—. Un inventor de falacias. Esta ciudad maldita los atrae igual que un montón de estiércol atrae a las moscas. —En realidad es el clima —dijo la voz de la tortuga—. Piensa un poco. Si eres el tipo de persona que salta de su bañera y corre calle abajo cada vez que cree haber tenido una gran idea, entonces no quieres hacerlo en un sitio donde haga mucho frío. Si haces eso en algún sitio donde haga mucho frío, te mueres. Selección natural, eso es lo que es. Efebia es famosa por sus filósofos. Es mejor que el teatro callejero. —¿El qué, un montón de viejos desnudos corriendo por las calles? —murmuró Brutha mientras reanudaban la marcha. —Más o menos. Si pasas todo tu tiempo pensando en el universo, tiendes a olvidarte de las partes menos importantes de él. Como tus pantalones. Y noventa y nueve de cada cien ideas que se les ocurren son totalmente inútiles. —¿Y entonces por qué alguien no los encierra donde no molesten? No me parece que sirvan de mucho —dijo Brutha. —Porque la idea número cien generalmente es la repanocha —dijo Om. —¿Qué? —Mira la torre más alta de la roca. Brutha miró hacia arriba. En lo alto de la torre y sujetado por bandas metálicas, había un gran disco que relucía bajo el sol de la mañana. —¿Qué es? —murmuró. —La razón por la que Omnia ya casi no tiene flota —dijo Om—. Ese es el motivo por el cual vale la pena tener siempre unos cuantos filósofos cerca. En un momento dado todo se reduce a Es Verdad Belleza y Es Belleza Verdad y Hace Algún Ruido un Árbol que Cae en el Bosque si No Hay Nadie Allí para Oírlo, y justo cuando piensas que van a empezar a babear uno de ellos dice, Por cierto, colocar un reflector parabólico de diez metros en un lugar elevado para que dirija los rayos del sol contra los barcos del enemigo constituiría una demostración muy interesante de los principios ópticos —añadió—. A los filósofos siempre se les están ocurriendo asombrosas ideas nuevas. El que había antes del reflector era un complicado artilugio que demostraba los principios de la palanca y, de paso, lanzaba bolas de azufre ardiendo a cinco kilómetros de distancia. Antes de ese, creo, había una especie de cosa submarina que incrustaba troncos afilados en la quilla de los barcos. Brutha volvió a mirar el disco. No había entendido más de una tercera parte de las palabras del último parlamento de la tortuga. —Bueno —dijo—, ¿y lo hace? —¿Hacer el qué? —Que si hace ruido. Un árbol. Si cuando cae no hay nadie para oírlo caer, quiero decir. —¿Y qué más da?” “Los efebianos creían que todo hombre debería tener derecho al voto.[6] Cada cinco años alguien era elegido para ser Tirano, con tal de que pudiera demostrar que era honrado, inteligente, sensato y merecedor de confianza. Inmediatamente después de que hubiera sido elegido, por supuesto, todos se daban cuenta de que aquel hombre estaba loco de atar y no tenía nada en común con el filósofo corriente de la calle que andaba buscando una toalla. Y cinco años después elegían a otro igualito que él, y lo asombroso era que personas inteligentes continuaran cometiendo los mismos errores. Los candidatos a la Tiranía eran elegidos depositando bolas negras o blancas en distintas urnas, lo cual había dado origen a un conocidísimo comentario sobre la política.” “—No te gusta, ¿verdad? —dijo el filósofo. Brutha no había dicho nada. —Verás —dijo el filósofo, afable—, la gente te dirá que en lo que concierne a los otros sentidos nosotros los ciegos somos el no va más. Y no es cierto, los muy idiotas lo dicen sólo porque el decirlo hace que se sientan mejor. Los libra de la obligación de sentir lástima por nosotros. Pero cuando no puedes ver, aprendes a escuchar más. La manera en que respira la gente, los sonidos que producen sus ropas…” “—La verdad, mi buen Brutha, es como la luz. ¿Qué es lo que sabes sobre la luz? —Viene… del sol. Y de la luna y las estrellas. Y las velas. Y las lámparas. —Y etcétera, etcétera —dijo Vorbis—. Por supuesto. Pero hay otra clase de luz, una que llena incluso el más oscuro de los lugares. Así tiene que ser. Porque si esa meta-luz no existiera, ¿cómo se podría ver la oscuridad? Brutha no dijo nada. Aquello sonaba demasiado a filosofía. —Y con la verdad ocurre exactamente lo mismo —dijo Vorbis—. Hay algunas cosas que parecen ser verdad y que muestran todos los rasgos distintivos de la verdad, pero que no son la verdadera verdad. A veces la verdadera verdad tiene que ser protegida mediante un laberinto de mentiras. Se volvió hacia Brutha. —¿Me comprendes? —No, señor Vorbis. —Quiero decir que aquello que se ofrece a nuestros sentidos no es la verdad fundamental. Las cosas que son vistas, oídas y hechas por la carne son meras sombras de una realidad más profunda. Eso es lo que debes entender conforme progresas en la Iglesia. —Pero de momento, señor, sólo conozco la verdad trivial, la verdad disponible en el exterior —dijo Brutha, sintiéndose como si estuviera al borde de un pozo. —Así es como empezamos todos —dijo Vorbis bondadosamente. —¿Entonces los efebianos mataron al hermano Murduck? —insistió Brutha, avanzando centímetro a centímetro entre la oscuridad. —Te estoy diciendo que en el sentido más profundo de la verdad así lo hicieron. Con su incapacidad para abrazar sus palabras, con su intransigencia, a buen seguro que lo mataron. —Pero en el sentido trivial de la verdad —dijo Brutha, escogiendo cada palabra con la misma minuciosa atención que un exquisidor podría dedicar a su paciente en las profundidades de la Ciudadela—, en el sentido trivial, el hermano Murduck murió realmente en Omnia, porque no había muerto en Efebia, donde sólo se habían burlado de él, pero se temió que otros en la Iglesia quizá no entendieran la, la verdad más profunda., y por eso se hizo saber que los efebianos lo habían matado, en el sentido trivial, lo que os proporcionó, a vos y a quienes habían visto la verdad del mal de Efebia, motivo suficiente para llevar a cabo una… justa represalia.” “—La vida en este mundo —dijo— es como una estancia en una caverna. ¿Qué podemos llegar a saber de la realidad? Porque todo lo que vemos de la verdadera naturaleza de la existencia es, podríamos decir, meras sombras fascinantes y enigmáticas proyectadas sobre la pared interior de la caverna por la luz cegadora y nunca vista de la verdad absoluta, de la cual podemos deducir algún atisbo de veracidad o no deducirlo, y en tanto que trogloditas buscadores de la sabiduría, lo único que podemos hacer es alzar nuestras voces hacia aquello que no es visto y decir, humildemente, «Adelante, Conejo Deformado… es mi favorito».” “—Ahora, dijo. Sólo ahora. Un único punto en la historia. No mañana ni el mes que viene, porque siempre será demasiado tarde a menos que sea ahora.” “—Omnia no me cae bien ni siquiera a mí, y eso que soy omniano —dijo Simonía. Alzó la mirada hacia el dios—. ¿Nos ayudarás? —V. ¡Ni Siquiera Crees En Mí! —Cierto, pero soy un hombre práctico. — VI. Y Valiente, También, Pues Declaras Tu Ateísmo Ante Tu Dios. —¡Eso no cambia nada, sabes! —dijo Simonía—. ¡No creas que podrás hacerme cambiar de parecer sólo con existir! —Nada de ayuda —dijo Brutha con firmeza. —¿Qué? —dijo Simonía—. ¡Vamos a necesitar un ejército muy poderoso contra toda esa pandilla! —Sí. Y como no lo tenemos, tendremos que hacerlo de otra manera. —¡Estás loco! La calma de Brutha era como un desierto. —Podría ser. —¡Debemos luchar! —Todavía no. Simonía apretó los puños, visiblemente enfadado. —Mira… Oye… Moríamos por mentiras. Llevamos siglos muriendo por mentiras. —Señaló al dios—. ¡Ahora tenemos una verdad por la cual morir! —No. Los hombres deberían morir por las mentiras. Pero la verdad es demasiado preciosa para morir por ella. Simonía abrió y cerró la boca sin que de ella saliera sonido alguno mientras buscaba palabras con las que responderle. Finalmente, encontró algunas en el alba de su educación. —Me dijeron que no había destino más noble que morir por un dios —balbuceó. —Vorbis decía eso. Y era… un estúpido. Puedes morir por tu país o por tu gente o por tu familia, pero por un dios deberías llevar una existencia plena y muy ocupada hasta el último día de una larga vida. —¿Y cuánto tiempo va a ser eso? —Ya veremos.” “El pináculo central de Cori Celesti brota de las montañas en el Cubo, quince kilómetros verticales de hielo y nieve verde coronados por las torretas y cúpulas de Dunmanifestin. Allí es donde viven los dioses del Mundo Disco. O al menos, allí es donde vive cualquier dios que sea alguien. Y lo curioso es que, aunque un dios necesita años de esfuerzos y maniobras para llegar allí, una vez que ha conseguido entrar nunca parece hacer gran cosa aparte de beber demasiado y permitirse alguna que otra corrupción ocasional. Muchos sistemas de gobierno siguen la misma línea. Los dioses juegan. Sus juegos tienden a ser muy sencillos, porque los dioses enseguida se cansan de las cosas complicadas. Otra cosa bastante curiosa es que si bien los dioses menores son capaces de perseguir un objetivo durante millones de años, y de hecho son un objetivo, los grandes dioses se distraen con tanta facilidad como un mosquito común. ¿Y el estilo y la elegancia? Si los dioses del Mundo Disco fueran personas, creerían que tres patos de yeso en un jardín son el colmo de la vanguardia.” “